Los referendos en Francia deberían encarnar la voz directa del pueblo. En la práctica, asustan a las élites. ¿Por qué? Porque pueden producir un veredicto que incomoda, contradice y perturba los intereses de la clase dominante.
Tomemos un ejemplo emblemático: el referéndum de 2005 sobre el tratado que establecía una Constitución para Europa. Una mayoría de franceses votó NO. Claramente, limpiamente, democráticamente. Y sin embargo, pocos años después, el Tratado de Lisboa, que retomaba lo esencial del texto rechazado, fue adoptado por vía parlamentaria.
No fue un error; fue una estrategia. Cuando el pueblo dice NO, el resultado se sortea. Se reformula. Se hace pasar por otros canales. Porque en esta democracia representativa, el poder real no siempre reside en la urna, sino en las redes de influencia, los gabinetes y las alianzas discretas.
Sí, los referendos dan miedo. No porque sean peligrosos, sino porque son auténticos. Revelan la fractura entre las aspiraciones populares y las trayectorias impuestas desde arriba. Si queremos una democracia viva, debemos dejar de confiscar la palabra cuando se vuelve incómoda.
Frente a este callejón sin salida democrático, algunos plantean una idea tabú: la de una autocracia asumida abiertamente. No una dictadura disfrazada detrás de instituciones huecas, sino un poder fuerte, claro y orientado a la reforma profunda. Un régimen capaz de cortar en la carne viva, de vencer los intereses particulares, aunque eso ofenda a la plebe — esa masa que, por sus elecciones, su inercia o sus contradicciones, contribuye al estancamiento del país.
No es un llamamiento a la tiranía, sino a la responsabilidad vertical, a una forma de gobierno dispuesta a imponer lo que la democracia representativa ya ni siquiera se atreve a formular. El problema de Francia no es solo institucional. Es moral, educativo, cultural y civilizacional. Cuando el sistema está bloqueado por arriba y disuelto por abajo, la tentación de una mano firme se vuelve inevitable.
Pero esa solución solo puede ser peligrosa. La historia enseña que un poder que afirma salvar al pueblo puede terminar despreciándolo. Un Estado que pretende restaurar el orden puede embriagarse con el mando. El verdadero problema no es elegir entre caos y autoritarismo, sino reconstruir las condiciones de una democracia responsable.
Eso exige un pueblo informado, instituciones que no teman al pueblo y dirigentes que acepten que un voto no es una ceremonia decorativa. Un referéndum ignorado se convierte en una herida democrática. Un referéndum respetado se convierte en una escuela cívica.
La pregunta es simple: si el pueblo puede votar, pero su voto se elude cuando desagrada a los gobernantes, ¿qué queda de la soberanía?