Francia produce una de las electricidades más baratas de Europa. Y sin embargo los franceses pagan cada vez más por ella. ¿Cómo es posible?
El 29 de mayo de 2026, Michelin anunció la pérdida de 1.500 empleos en Francia, en parte por el coste de la energía. No es una fatalidad económica. Es el resultado de decisiones políticas precisas.
El absurdo fundamental
Francia dispone de uno de los parques nucleares más descarbonizados e históricamente competitivos del mundo occidental. El coste completo de producción de la electricidad nuclear francesa se estima por la Comisión de Regulación de la Energía entre 55 y 63 euros por megavatio hora. Lógicamente, los hogares y las empresas francesas deberían beneficiarse de una de las electricidades más baratas del continente.
Ha ocurrido lo contrario. La causa tiene un nombre: el mercado europeo de la electricidad.
En ese mercado, el precio de la electricidad no se fija según el coste nacional de producción de un país. Se alinea con el coste de la última central llamada a equilibrar la red europea, muy a menudo una central de gas. Es el principio del precio marginal. Cuando los precios del gas se dispararon tras la invasión rusa de Ucrania, el precio de la electricidad francesa, aunque producida en gran parte por centrales nucleares amortizadas desde hace tiempo, aumentó en las mismas proporciones. En la práctica, Francia pagó electricidad nuclear al precio del gas.
El segundo escándalo: el ARENH
Durante catorce años, de 2011 a finales de 2025, el Estado obligó a EDF, mediante el mecanismo llamado acceso regulado a la electricidad nuclear histórica, a vender hasta 100 teravatios hora de su producción nuclear a sus propios competidores a un precio de 42 euros por megavatio hora.
Lea bien esto: EDF fue obligada a vender electricidad a 42 euros a proveedores alternativos que no poseían centrales, no producían nada, no invertían nada en el parque nuclear y simplemente revendían esa electricidad con margen. Mientras tanto, el coste real de producción de EDF se estimaba entre 55 y 63 euros por megavatio hora. El operador nacional fue debilitado para crear una competencia artificial.
Una herramienta estratégica vuelta contra el país
Francia había construido un modelo energético que debía proteger a los hogares y a la industria. En cambio, decisiones políticas disolvieron esa ventaja en una arquitectura de mercado pensada para otra combinación energética. El resultado es pérdida de competitividad, cierres industriales, facturas al alza e incomprensión creciente entre los ciudadanos.
La energía no es una mercancía ordinaria. Es la base de la soberanía industrial, del poder adquisitivo de los hogares y de la independencia nacional. Un país que ya no controla el precio que pagan sus ciudadanos por la electricidad que produce ha perdido una parte de su soberanía.
¿Qué habría que hacer?
Francia debe recuperar el control del precio de su electricidad nuclear. Debe defender un mecanismo nacional que permita a los hogares y a las industrias estratégicas beneficiarse del coste real de la producción francesa. Debe dejar de confundir ideología europea con racionalidad industrial. También debe invertir masivamente en el mantenimiento y la renovación de su parque nuclear, en lugar de debilitar al operador que construyó el sistema.
El problema no es rechazar Europa por principio. Es negarse a aceptar una arquitectura de mercado que destruye la ventaja competitiva que Francia construyó durante décadas.
Cuando un país produce electricidad baja en carbono a un coste competitivo, pero hace que sus ciudadanos paguen un precio artificialmente inflado, el problema ya no es técnico. Es político.